viernes, 8 de junio de 2018

Doce pares de zapatos. Patricia.


2018.

Se le antojaba ajeno, casi atronador. Una pequeña mosca que apenas quería volar revoloteaba de cuando en cuando en la oscuridad. ¿O era un mosquito? Debería serlo, era junio; aunque un junio frío, lluvioso. Se dio la vuelta en la cama, bajo las sábanas. Su marido dormía plácido. Volvió a cerrar los ojos, intentando olvidarse de todo, pero su corazón trepidaba casi sin llamar la atención. Cuando cerraba los ojos para dormir, no hacía más que ver en su cabeza imágenes de la novela que acababa de dejar en su mesilla, la continuaba como si la pagasen por ello. No podía evitarlo tampoco, era automático como la respiración, el palpitar vertiginoso y calmado de su corazón, o los ronquidos de su marido. Sabía que los motivos por los que ponerse nerviosa no eran como para mantenerla en vela. Entonces, ¿qué era?
Se levantó aunque le costó la vida abrir los ojos. Tenía sueño, pero no. Era extraño. Era la primera vez que se sentía así en toda su vida y no había sido una vida corta, al fin y al cabo se jubilaba al día siguiente. Entró al baño, donde la luz le hizo daño a los ojos como si fuese un vampiro. Se miró al espejo y se preguntó a sí misma que qué pasaba.

Había dormido regular hasta que le tocó levantarse y vestirse, preparar el material para el piscolabis y respirar hondo. Ahora estaba abrumada. La sala de profesores estaba atiborrada, llena de antiguos compañeros de profesión, actuales colegas y ya graduados alumnos. La gente comía y hablaba entre sí, pero sobre todo la prestaban atención a ella. La felicitaban por la jubilación, por la empanada, las tortillas, incluso por la maravillosa comida que no había hecho, pero sí comprado. Todos la saludaron, y saludó a todos; les agradeció su presencia y su cariño. Entonces llegó la hora de los regalos. No había muchos, habían hecho comuna y le habían dado un par de cosas. De entre ellos, destacó un par de zapatos regios, austeros, casi romanos, de color tierra y que la entraron a la perfección. Creyó haber metido los pies en una nube y casi llora por cuarta vez, aunque más por confort que de emoción, como las otras tres.

Ahora no era ajeno, ni atronador; era familiar, como una mascota que te sigue a conveniencia. Su corazón trepidaba, pero ya no había explicación. Todo había pasado y no necesitaba los nervios para nada. No quería estar alerta, sólo quería dormir. Entonces recordó que no es oro todo lo que reluce, y que esto se podía aplicar a cualquier cosa en la vida. ¿Si no eran nervios, qué era? Al menos, no eran nervios tangibles, explicables en la superficie. ¿Sería ansiedad? Por primera vez en su vida, creía en la posibilidad de no tener la mejor estabilidad mental. Al fin y al cabo, se acababa de jubilar. Adiós a la rutina, a la vida los últimos 38 años, a las alumnas. ¿Ansiedad, de qué? Si dejaba más días detrás de los que le quedaban delante. Aunque, quizá, fuese precisamente eso.