lunes, 3 de febrero de 2014

Apéndice II de A picotazos

Los ojos de Manuel estaban inyectados en sangre y su piel estaba sudorosa. La respiración era ruidosa, mientras que su torso bailaba al son de la música propulsada por sus fosas nasales.

Amelia estaba asustada, por supuesto. Manuel la había llamado para encontrarse con ella, pero no había dicho la razón. Su corazón latía con rapidez moderada y sus manos temblaban un poco.

“Hola, Amelia, pasa” dijo Manuel con una voz intensa y un aliento ajado. “¿Qué tal?”

Amelia se obligó a tranquilizarse, y tardó unos segundos en contestar. No quería sonar asustada o nerviosa. Mientras pensaba se adentró en la casa y se dirigió al salón, siguiendo las indicaciones de la mano de Manuel.

“Bien, Manuel, bien.”

“Así que sales con mi hija, ¿eh?,” su voz era neutra, pero su cara se tornaba cada vez más y más expresiva. Y la expresión de su cara era de cólera, perversión y sadismo.

“Así es. Ya llevamos saliendo un tiempo.”

“Y eres tú el hombre de la pareja, ¿no?” Manuel parecía tranquilizarse poco a poco, pero sus ojos seguían igual de rojos y abiertos y desorbitados que antes.

Amelia se sorprendió ante la pregunta, no la veía venir. Creía que había superado esa fase tanto a nivel social como personal. Intentó disimular la sorpresa esbozando una leve sonrisa. Pero como tardaba en contestar, Manuel empezó a ponerse nervioso.

Pensó rápidamente en cuál podría ser la mejor respuesta de todas, pero ninguna le pareció idónea ya que o bien se denigraba a sí misma, o bien a María. En cualquier caso, responder supondría dar por supuesto que en cualquier pareja debía un hombre y una mujer. Y estaba demostrado que el hombre en la pareja puede ser muy prescindible.

“No creo que ninguna de las dos seamos el hombre de la pareja” respondió al fin, ofendida.

Manuel dejó de moverse intranquilo y fijó sus ojos en ella. Lentamente se frotó los ojos y siguió mirándola.

Amelia estaba sentada en el sofá principal y él estaba sentado en el sillón y había cruzado las piernas. El silencio se apoderó de la habitación y eso incomodó a Amelia.

Entonces, súbitamente, Manuel se levantó y empezó a desabrocharse en cinturón del pantalón vaquero.

“Vamos a llegar a un acuerdo,” dijo tranquila y psicóticamente. “Me puedes hacer el favor que te voy a proponer…”

Se bajó la bragueta y sacó al aire su pene, de momento flácido, pero inmediatamente lo tapó con su camisa.

“…o no hacerlo,” concluyó susurrando.

Amelia se quedó paralizada. No sabía bien qué hacer. Lo primero que hizo fue apartar la mirada, mirando al techo, a la pared y al suelo alternativamente. Intentó no pensar en que su suegro se había sacado su cosa delante de ella mientras decía palabras que no sonaban muy bien fuera de contexto, y mucho menos en un contexto como ese. Cuando iba a pedir al hombre que volviese a vestirse entero, Manuel habló.

“Y este es el trato. Si me la chupas, prometo dar mi beneplácito y mi bendición a esta relación tan pecaminosa y asquerosa que te traes con mi hija; pero si, por el contrario, decides no hacerlo, haré de tu vida un infierno,” Sus ojos volvían a estar inyectados en sangre y su pene al aire, casi erecto esta vez, y su camisa estaba en el suelo. “Y créeme que cuando digo infierno, digo que te estaré torturando incluso aunque rompas con mi hija.”

Amelia no daba crédito, Manuel había sido un suegro bastante normal. La última vez que lo vio era un ser humano perfectamente emocional muy conmocionado por la muerte de su esposa. La muerte de su esposa. Eso debía ser.

Intentó pensar qué hacer, cómo salir de allí. El tiempo se ralentizó. No quería hacer nada con ese hombre. Con ningún hombre, de hecho. No es que le diesen asco los penes o los cuerpos de los hombres, simplemente no la gustaban. No la atraían. Primero pensó que de ninguna manera iba a arrodillarse para complacer físicamente a su suegro. Luego pensó que de ninguna manera iba a engañar a María con su propio padre. Después pensó que quizá fuese una oportunidad para probar algo nuevo, al fin y al cabo tenía veintinueve años y nunca había probado un pene. Finalmente decidió que iba a hacerle daño, pero sin querer.

Se dispuso a morderle con fuerza, así que se arrodilló. Cuando iba a llevar a cabo su inocente pero dañino plan, Manuel gritó.

“¡Manolo! ¿Se puede saber qué haces?”

Imposible. Era imposible. Hacía tan solo una semana de su muerte, pero había visto su cuerpo frío y azul en la morgue. Era físicamente imposible.

“¡Niña! ¿Por qué dejas que este salido te manipule de esta manera? ¿Es que no eres lesbiana? O más importante, ¿es que no quieres a mi hija?”

Amelia estaba paralizada, aterrorizada y arrodillada. No se atrevía a volver la cabeza. Manuel se había desmayado y había caído con buena fortuna en el sillón. Amelia no quería darse la vuelta. Estuvo así más de cinco minutos, no podía ni quería moverse. Tenía los ojos cerrados y temblaban todos los músculos de su cuerpo.

Por fin se dispuso a mirar. Respiró hondo y giró la cabeza. Nada ni nadie. No podía ser que hubiesen tenido los dos la misma alucinación.

Sin pensárselo dos veces cogió su abrigo, salió de la casa, subió en su coche y condujo hasta su piso. Allí comió techo toda la noche, sin atreverse a llorar o dormir.

Con los meses, Amelia fue olvidando el incidente hasta borrarlo completamente de su mente. Manuel pareció seguir igual de radiante y alegre que cuando su mujer vivía, hasta que dos años después apareció ahorcado. Su última voluntad fue que Amelia lo perdonase.


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