domingo, 4 de marzo de 2018

Crónica de un premio interesante, por fin. Oscars 2018.


Estamos ante el año con mejor parrillada desde que hago estas 'crónicas' que le importan a cuatro gatos. Un año en el que la peor película, para mí, la ha dirigido Steven Spielberg, Nolan ha hecho una de las más aburridas y dos de las más refescantes, y mejores, son operas primas (aunque la de Greta es más o menos, que ya codirigió una hace tiempo). Es cierto que este año no hay un Mad Max Fury Road, y que no todas las películas son perfectas. Pero el año pasado había tres grandes películas, y este año hay el doble. Estos son mis premios:


CALL ME BY YOUR NAME. El gran defecto, el único pero que hay que darle a esta película (y cuando digo único, me refiero a que literalmente sólo le encuentro un fallo) es la diferencia de edad entre Elio y Oliver. No tanto porque sea grande (17 y 24) sino porque Elio aún no es mayor de edad, ese constructo social en torno al cual se determina la legalidad y demás cuestiones de normalidad, aceptación y moralidad. A parte de este “defecto”, la película es la octava maravilla del mundo actual, o casi. 1/9

DARKEST HOUR. Oscar-bait hasta decir basta, hay ocasiones en las que la película se olvida de que tiene que serlo; pero los monólogos de Churchill desarticulan absolutamente todo lo que Joe Wright monta para evitar la sensación de que es una película construida para que quien haga de Churchill (Oldman) consiga el Oscar. Qué bien que esta sea una de las peores nominadas, porque significa que el nivel está alto (aun así, le ha robado el puesto a The Florida Poject así que fuck this movie). 8/9

DUNKIRK. Hecha con oficio de primera clase, cuenta una historia mil veces contada (Segunda Guerra Mundial, ugh) sin ninguna profundidad emocional ni intento de crear personajes, asumo que intentando que cada uno de los actores sean pizarras en blanco en las que el espectador se proyecte a sí mismo. Pero falla, o eso me parece a mí. Impecable en ejecución, le falta alma. Y me aburre. 7/9

GET OUT. No parece que sea una primera película (lo cual en su propio derecho es el mayor piropo que se le puede dar a una primera película), hecha con cuidado y oficio, a pesar de la inexperiencia. Con temas importantes, que van más allá del racismo para acercarse al fetichismo (o casi), es la película perfecta este año de dar un bofetón a Tr*mp. Y es buena. Se ha perjudicado de estar encerrada en el cajón de comedia (porque no lo es), sino que Peele ha construido una compleja sátira terrorífica en la que a veces, ocasionalmente, tienes que reír (por no llorar). 5/9

LADY BIRD. Lo mejor de Frances Ha se quita los vicios de Noah Baumbach para encontrarse con la frescura de Greta Gerwig (y sus propios vicios). Divertida y aparentemente ligera, promete ser la película del canto juvenil de comienzos del siglo XXI. Las carcajadas ocasionales no evitan que la película vaya a lugares más emocionales, pero nunca dejándose caer en la dramedia. Una comedia de Oscars que es más comedia que drama es como un cubo de agua fresca en un agosto agobiante de calor. 2/9

PHANTOM THREAD. PTA es uno de los cineastas estadounidenses más interesantes de los últimos años, aunque todas sus películas supuran masculinidad (poco interés por los personajes femeninos). Esta película no es una excepción, pero me parece que es en la que más cuida a sus mujeres. Vicky Krieps (Streep le ha robado la nominación) es mucho más natural y resuelta a la hora de interpretar a Alma que Daniel Day-Lewis interpretando a Reynolds (cortado por el mismo patrón que Streep: intérpretes camaleónicos a los que se les nota que están ACTUANDO, a pesar de hacerlo bien). Phantom Thread lleva el fetichismo emocional a otro nivel. 4/9

THE POST. Tiene menos interés que mirar una pared secarse durante cinco horas. Es Spotlight, pero aburrida. Su feminismo es facilón, parece sacado de los noventa; el momento más poderoso de la película (Streep sale del Supremo y pasa entre jóvenes mujeres que la miran con admiración) es tan gratuito que dan ganas de estampar a Spielberg contra la pared recién pintada. Es una buena noticia que esta sea la peor película de esta edición, es mala noticia que esté nominada. 9/9

THE SHAPE OF WATER. Tiene menos fuerza que El laberinto del fauno, pero comparte con ésta la virtud de ser de los mejores cuentos de hadas de nuestro siglo. Guillermo del Toro es el mejor cuentacuentos de la actualidad (¿el único cuentacuentos?). Eso sí, cuenta cuentos violentos y hasta desagradables, pero en última instancia hermosos. Su asignatura pendiente es la emoción, ya que afila tanto su narrativa, depura tanto su estilo, que toda emoción y empatía queda diluida a mínimos. 3/9

THREE BILLBOARDS OUTSIDE EBBING, MISSOURI. Problemática en ocasiones, el talento de McDonagh es tremendo. McDormand da sentido a la película, está tremenda. La vi en San Sebastián y la distancia en tiempo la ha diluido de un amor incondicional inicial para que quede un poso amargo, como si estuviese a un par de borradores de ser una obra maestra (su obra maestra sigue siendo In Bruges, otra opera prima que no lo parece). El personaje de Sam Rockwell, rico y complejo, complicado y con capas, no tiene cabida en la situación actual, porque representa todo lo negativo que tiene EE.UU., desde una narrativa casi redentora. 6/9





Mejor Maquillaje y Peluquería: NS/NC.

Mejor Diseño de Producción: Paul Denham Austerberry, Shane Vieau y Jeff Melvin, por The Shape of Water.

Mejor Vestuario: Mark Bridges, por Phantom Thread.

Mejor Edición de Sonido: NS/NC.

Mejor Mezcla de Sonido: NS/NC.

Mejor Canción Original: 'Mistery of Love' de Sufjan Stevens, por Call Me By Your Name.

Mejor Música Original: Jonny Greenwood por Phantom Thread.

Mejores Efectos Visuales: Ben Morris, Mike Mulholland, Neal Scanlan y Chris Corbould por Star Wars: Episode VIII. The Last Jedi.

Mejor Fotografía: Rachel Morrison por Mudbound.

Mejor Edición: Sidney Wolinski por The Shape of Water.

Mejor Guión Adaptado: James Ivory por Call Me By Your Name.

Mejor Guión Original: Greta Gerwig por Lady Bird.

Mejor Actor Secundario: Willem Dafoe por The Florida Project.

Mejor Actriz Secundaria: Laurie Metcalf por Lady Bird.

Mejor Actor Principal: Timotheé Chalamet por Call Me By Your Name.

Mejor Actriz Principal: Sally Hawkins por The Shape of Water.

Mejor Dirección: Greta Gerwig por Lady Bird y Jordan Peele por Get Out, ex aequo.

Mejor Película: Call Me By Your Name.

viernes, 2 de marzo de 2018

Doce pares de zapatos. G. A. Andersen.


Érase una vez un zapatero. Era extraño y esquivo, tenía un aire de sabio griego, como si se dedicase a caminar por la naturaleza en una toga blanca, pensando y hablando con quien le siguiese, a veces de trivialidades como el tiempo o el último partido de fútbol, otras de las cuestiones vitales. Su ambición era artística y práctica, siempre lo había sido. Su objetivo era hacer doce pares de zapatos. Pero éste zapatero no quería llamar la atención y, de hecho, esta no es su historia, sino de aquellas personas que recibieron sus zapatos.

2006.
El reputado y conocido amante del arte del calzado, el mayor experto en suelas y lengüetas, en cordones y tacones del mundo, George Adelaine Andersen, el quinto hijo de un lord inglés, que renunció a los títulos nobiliarios (las sobras que le dejasen sus hermanos) por amor al zapato, se enteró de la existencia de un zapatero español a principios del nuevo milenio, y se prometió a sí mismo conseguir un par de zapatos de tan selecto artesano.
G. A. Andersen, más conocido como Andy, era un hombre sabio criado con ternura por su madre, Adelaine Andersen (nacida como Crawford). Su condición de último hijo le brindó la oportunidad de ser criado a placer por la madre, sin ningún tipo de intervención paterna, ninguna intención oculta para llevarlo al Parlamento, a las Olimpiadas o a Buckingham Palace.
Su padre nunca le prestó demasiada atención, sus hermanos y hermanas se llevaban muy bien con él, y era el confidente de la familia: su madre le decía todo lo que se le pasaba por la cabeza, sus hermanos se quejaban de la exigencia de su padre, sus hermanas de lo encerradas que estaban con su padre como patriarca familiar. Pero había algo para lo que su padre siempre pensaba en él: limpiar sus zapatos.
Andy heredó de su padre un buen pellizco de dinero y se mudó a Escocia, donde viviría hasta el final de sus días, una vida tranquila. Andy se despojó de sus títulos y encontró trabajo en la tienda de lujo más reputada de Glasgow como vendedor de zapatos y rápidamente se convirtió en el mayor connaisseur, y tras años de estudio, directamente en el mayor experto del mundo.
Andy era un venerable jubilado (y rico porque supo mantener su fortuna con inteligentes inversiones y un espíritu emprender -invirtió en cine y televisión con gran éxito-) de setenta y siete años cuando, al comienzo del nuevo siglo, llegó a sus oídos rumores sobre un zapatero artesano tan íntimo y perfeccionista que se negaba a hacer zapatos salvo e contadas excepciones y que se jactaba del hecho con un cartel fuera de su tienda especificando el número de zapatos que llevaba hechos y el número en el que dejaría de hacer zapatos. Y una chispa se encendió en su interior.
Una chispa no es todo lo que se encendió en su interior. Un cáncer creció y provocó que su viaje a España se tuviese que retrasar. Combatió su cáncer con una fiereza inusual para su carácter, siempre tierno y amable. En sus ojos, el fuego interno del deseo por un par de zapatos tan exclusivo como esos. Cinco años de lucha, y Andy venció.
Andy bajó a España acompañado de Ronald, un sobrino de su misma condición (en todo salvo lo relativo a los zapatos). Encontraron la tienda con gran dificultad, reconociéndola únicamente por el cartel que indicaba un “8 de 12” en la puerta.
La conversación con el zapatero fue espléndida, aunque tuvo que convencerlo para que le hiciese el par de zapatos. Finalmente, el zapatero aceptó sabiéndose en la presencia de G. A. Andersen, el mayor experto en calzado del mundo. El zapatero les pidió que le diesen una semana, que aprovecharon para hacer turismo por esa ciudad tan apagada, tan vibrante.
A la semana, el zapatero les recibió con un par de zapatillas deportivas. No eran nada parecido a la alta costura a la que Andy estaba acostumbrado, pero tampoco eran como esos productos de fábrica hechos por explotados que las grandes marcas intentan exprimir con el mayor margen, esas zapatillas que parecen confeccionadas a latigazos, y seguramente lo sean. No, eran zapatillas deportivas artesanas. Andy puso el grito en el cielo, exigió zapatos de verdad.
El zapatero sonrió y se encogió de hombros. Y en un perfecto inglés dijo: “Tienes que ampliar tus horizontes. Serán 798 euros, déjelos en el mostrador”. Y se dio la vuelta y se fue. Ronald instó a Andy que al menos probase a ver cómo le quedaban. A regañadientes, Andy lo hizo y sintió una comodidad que no había conocido ni con sus mejores pantuflas.
Andy lloró de felicidad.