miércoles, 13 de noviembre de 2013

Borradores para novelas inclasificables

-Tómate el tiempo que quieras, chaval. El tiempo aquí no fluye. Podemos tirarnos toda la eternidad aquí que nada va a pasar fuera.

-P… y…  Eh….uf…

-Pues es lo que viene a ser el limbo, ¿sabes?

-Er… yo… tú…pero…

-Venga, sigue así que un año de estos ya vuelves a hablar bien. Bueno, año no, que por aquí el tiempo está de vacaciones.

-¿Eres mi tatarabuelo?

-Sí.

-¿Y por qué no hablas como hace un siglo?

-¿En serio? ¿Sólo se te ocurre eso? ¿Nada de “¿cómo es el Más Allá?” o “¿dónde estoy?”? Estos jóvenes…

- Pero…estás muerto, ¿verdad?

El viejo, al que ya podemos llamar oficialmente Godofredo sin quitarle suspense a la trama, aplaudió con sorna.

-Bravo, bravo. ¿Lo has descubierto tú solito?

-¿Estoy muerto?

-No. Sólo inconsciente. Le diste un buen guantazo a ese animal.

-Entonces… ¿Qué hago aquí?

-Ahora mismo hablar conmigo.

-¿Pero cómo he llegado aquí?

-Yo te traje. Quería advertirte de que me voy a aparecer como fantasma en la tierra y sólo tú me podrás ver.

-Ya, bueno, gracias por el avi… ¿Que tú qué?

-Ya te contaré allí con más calma, pero consideraba necesario que no te llevases el susto allí, ya que podrían meterte en un manicomio o algo así. Así que hala, avisado estás.

El viejo Godofredo volvió a convertirse en una figura encapuchada y empezó a irse hacia lontananza transformándose en una mancha negra en contraste con el colorido cielo multicolor.

Arturo, por su lado, se agachó de cuclillas y se frotó la cara con las manos.

-Esto es un sueño…esto es un sueño…

Se dio más de un coscorrón en la frente con sus propias manos al son de unos gritos que decía “¡Despierta! ¡Despierta!”.

Y despertó. 

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