domingo, 5 de enero de 2014

Poandoso

Poandoso es un hombre inquieto, elegante. Marcha de vez en cuando a la ciudad en busca de algo que robar, algo que comprar. Aunque él siempre lo toma todo prestado. Se engalana con las mejores ropas de su armario: pantalón negro ajustado, camisa de rayas, chaqueta negra de traje, corbata azul oscuro. Toda es barata, pero da el pego. Solo un poco.

Sale de su humilde choza en medio de la montaña silvestre para embutirse con sumo cuidado en su coche. Destartalado, sucio y antiguo, es su coche de viaje oficial. A penas arranca como es debido y muy de vez en cuando el limpiaparabrisas quita la roña de la luna. Aun así, gracias a que le falta la ventana de la puerta del conductor, puede conducir sacando la cabeza por la misma. Un show digno de ver.
Ya en la ciudad aparca con cuidado, deja la llave puesta y coloca un cartel en el que puede leerse:

Róbeme, por favor

Y así, se aleja alegremente hacia el salvaje interior de la ciudad. La rutina habitual se basa en un paseo por una calle ancha, repleta de tiendas que conquistan la calle con sus escaparates flotantes, abusivos y completamente agresivos. De la misma tienda roba cada día un bastón, cada día un modelo, altura y color diferente. Como es habitual, antes del robo saluda al pobre tendero –quién tras tantos años ya se lo sabe de memoria–, coge el bastón en cuestión y se la a la fuga a un ritmo trepidante. El resignado tendero se despide con el habitual gesto de paciencia y el movimiento de mano pausado.

Tras este irresistible momento de adrenalina pura y dura, Poandoso se dirige a su habitual puesto de observación. Con esa ropa falsamente elegante (y realmente sucia) se adentra en uno de los mejores barrios de la ciudad para ir a parar a un gran parque, reconocido pulmón de la ciudad. Aquí trepa al único árbol lo suficientemente grande como para ser trepado, se sienta y saca otro cartel. Este reza lo siguiente:

Aquí estoy yo,
Barón rampante

Durante dos horas está sentado, inmóvil, observando a los viandantes, los peatones y corredores amateurs. Su mirada fija y penetrante inquieta a todos; de hecho, de tan penetrante que es su mirada dejó a una mujer embarazada tiempo atrás.

Y de esta guisa llega la hora de la comida. Rica, rica comida le espera. Recoge el chiringuito montado en el árbol y desciende al mundo de los mortales. Trota hasta salir del parque dando empujones a la gente, gritando como un animal. Si tiene mucha hambre, irá a un césped y empezará a degustar la exquisita hierba que le brinda la alcaldía: corta, fresca y limpia.


Tras la comida, la siesta llega y se va a su verdadero hogar. 

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